28 ago 2013

La Francesa



... Había conocido a una francesa. No era despampanante pero tenía una de las miradas más intrigantes que había visto. Siempre se había considerado un gran observador y “detector de historias ajenas”. Esta era una excepción, no había sabido leer nada. La francesa no le había arrojado ni un poco de luz a su curiosidad. Había hecho preguntas que consideraba “deschavadoras”, pero nada. Y lo más interesante, ella le había hecho a él una pregunta que aún pensaba… “Considerarías casarte para conseguir una visa?”
Con el recuerdo de aquella pregunta Nino miró su celular. Eran las 4:05 del día sábado. Sonrió. Amaba despertarse tarde el fin de semana, lo hacía sentir joven. Desde su cumpleaños de 30 había dejado atrás sus viajes y aumentado sus salidas nocturnas. Había aceptado el compromiso y la responsabilidad de dedicarse a crecer en lo profesional bajo la personal condición de no entregarse a lo que él llamaba "una vida sin escapatoria". De esta decisión ya habían pasado 3 años y a pesar de que la abstinencia de la mochila le carcomía el estomago, lo contentaba saber que hoy ganaba lo suficiente para mantener el estilo de vida que deseaba, sin deberle nada a nadie. En algún futuro ahorraría lo suficiente para viajar, solo y libre.
Para Nino "la vida sin escapatoria" era la elegida por muchos de sus amigos, aquellos que una vez a la semana, con suerte, se juntaban a tomar cerveza, hablar de fútbol… mujeres e hijos.
A veces fantaseaba y olvidaba que la extensión de sus salidas nocturnas por más placenteras y emocionantes que fueran, también consumían gran parte del dinero que podría destinar a futuros viajes. Pero a Nino, entre otras cosas, le gustaba disfrutar la vida al máximo, sin muchos frenos.
La francesa, a modo de broma (o no), le había propuesto matrimonio. Nunca imaginó que aquello de lo que siempre había escapado podría acercarle algo que tanto deseaba. Matrimonio+Visa= Viaje por tiempo indeterminado.
Más allá de la loca propuesta, no podía olvidar la mirada de Isabelle. Tenía ojos rasgados color miel y cejas muy finas. Nino había pensado que debía tener familiares japoneses, pero no lo sabía. Cuando le había preguntado, ella había sido muy terminante a pesar de que su modo de hablar era gentil: "El sexo puede ser a veces impersonal, pero la familia nunca lo es. Jamás hablaría de mi familia con un desconocido", le dijo mientras encendía un cigarrillo sentada en su cama. 
Ella hablaba un perfecto español que había aprendido en Madrid. Esa era una de las pocas preguntas que la francesa no había evitado responder en aquel encuentro con Nino. Esos ojos y ese acento habían capturado su atención. El amaba los viajes, los acentos y las culturas distintas. 
Mientras se imaginaba sentado en un registro civil de la mano de Isabelle con un pasaje a Barcelona en su bolsillo, recibió un mensaje de texto que hizo desaparecer ese pensamiento al instante. Decía… 


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Nunca es tarde para despertar

Eran ya las 4 cuando escuchó la puerta principal cerrarse con suavidad. Si el sonido no hubiera desencajado con lo que pasaba en su sueño, no hubiera despertado. “En las playas no hay puertas”… y despertó. El costado izquierdo de su cama aun estaba tibio, pero estaba solo. Le tomó por lo menos 10 segundos recordar que había pasado la noche anterior. 
Nino dormía profundamente y siempre recordaba sus sueños. Hace poco le habían dicho que las personas que recordaban sus sueños en realidad no dormían en un nivel tan profundo. Era una de esas cosas que él calificaba como “pelotudeces que repite la gente”. En su experiencia no había sueños más profundos que los suyos. Lo transportaban a un universo paralelo tan real que le tomaba un poco de tiempo archivar las imágenes en los sectores correctos “realidad/ sueño”, cada vez que despertaba.
Odiaba despertarse feliz y luego recordar que en realidad estaba enojado por algún motivo, o triste, o había pasado una mala noche. El recuerdo de la realidad invadía su mente como la luz de la mañana enceguecía sus ojos.
Ese día las cortinas estaban cerradas. La luz que se colaba por debajo de la puerta no era fuerte como la de las mañanas y el recuerdo de la noche anterior hizo su entrada a través del perfume estampado en su almohada. Había conocido a…

a)      Una mujer mayor que él. Le llevaba al menos 15 anos, o eso calculaba por la textura de su piel. No había querido preguntarle para no romper el hechizo de que “la edad no importa cuando se trata de amor”. Aunque sabía que eso no había sido amor, le gustaba fantasear que lo era cada vez que conocía a alguien. Como en sus sueños, creaba un universo paralelo de romanticismo absoluto.

b)      La novia de su jefe. De no haber visto la foto que ella tenía de fondo de pantalla en el celular, nunca lo hubiera sabido. Al menos no hasta el día del casamiento, que recordaba era el 15 de Septiembre acorde a la invitación que tenía en el primer cajón de su escritorio. Para su mala fortuna, ese día también era el cumpleaños de su mejor amigo que siempre organizaba las mejores fiestas de disfraces.

c)       Una francesa. No era despampanante pero tenía una de las miradas más intrigantes que había visto. Siempre se había considerado un gran observador y “detector de historias ajenas”. Esta era una excepción, no había sabido leer nada. La francesa no le había arrojado ni un poco de luz a su curiosidad. Había hecho preguntas que consideraba “deschavadoras”, pero nada. Y lo más interesante, ella le había hecho a él una pregunta que aun pensaba… “Considerarías casarte  para conseguir una visa?”

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